¿Hasta cuándo?, por Gonzalo Himiob Santomé

¿Hasta cuándo?, por Gonzalo Himiob Santomé

El señor que me antecede en el automercado, apoyado en un bastón, delgado y de evidente origen humilde, le muestra su número al charcutero, que de inmediato y con desgana le pregunta qué desea.

El señor quiere primero ochenta gramos de jamón, pero no de cualquier jamón. Le pregunta al joven cuáles tiene y el muchacho le muestra los dos o tres que, de distintas marcas, tiene a su disposición, pero la pregunta no tiene que ver con las opciones, sino con el precio. El charcutero le dice cuánto vale el kilo de cada uno, y el señor le responde que antes de decidir le gustaría probarlos. La solicitud no le hace gracia al muchacho, pero no le queda más opción que complacer al caballero, corta unas lonjas de cada uno y se las ofrece al caballero, que las prueba. Al final daba igual, tras probarlos todos elige el más barato, no sin antes pedirle al joven que lo rebane para él lo más delgado que pueda.

El método se repitió con un dudoso “queso tipo paisa”, y también con la mortadela, ya que el precio del salchichón, en cualquiera de las versiones disponibles, era demasiado alto para el señor. De todos modos, también las probó. El automercado estaba casi vacío, de personas y de alimentos, pero al lado del señor, una joven que también esperaba su turno y yo mirábamos la escena. La joven, más suspicaz que yo, quizás movida a ello por la impaciencia, suelta un comentario en voz baja sobre la “viveza” del anciano. “Hecho el loco –dice para sí misma y para todos los presentes- se ha comido media charcutería”. El señor la escucha, pero no dice nada en ese momento.

El caballero recibe por fin las breves bandejas de lo que ha pedido y se dispone a marcharse a pagar. Da dos pasos en dirección a las cajas del automercado, pero de pronto se detiene. Ya han comenzado a atenderme a mí y por un instante pienso que es que se le olvido algo, pero no es así.

“Señorita, –le dice a la joven que venía después de mí, con los ojos aguados, pero con toda la dignidad que le dan sus años- además de un café esta mañana, esto es lo único que he comido hoy. Lo que me llevo es para mis nietos, pues en su casa la están pasando muy mal. Discúlpeme si la ofendí”.

La joven se queda entonces en silencio y yo siento como si me hubiesen dado un golpe en el estómago. No hay mucho más que decir. El señor nos da las buenas tardes y se marcha. El charcutero me atiende y me ocupo de mis asuntos, pero noto que la muchacha no puede levantar la mirada del piso. Está evidentemente avergonzada. Quizás piensa en sus padres, o en sus abuelos, y los identifica con el señor que se acaba de ir, o en los hijos de algún conocido suyo que también, como millones de ciudadanos, “la están pasando muy mal” en este país.

Estaba ya por irme cuando un sordo tumulto se escuchó a unos pocos metros. Desde algún lugar los empleados del automercado habían sacado algunas cajas de margarina que se venderá a precio regulado. Las colocan estratégicamente en una de las esquinas más alejadas de la entrada del establecimiento y, de la nada, aparecen dos policías para custodiarlas como si se tratase de lingotes de oro. Razón no les faltaba, no habían transcurrido más de unos cinco minutos cuando una horda de personas llegó al sitio a disputárselas como si en ello se les fuera la vida.

“Solo tres por persona”, se escucha de manera intermitente en las cajas del automercado, y eso no hace más que empeorarlo todo. Llamadas van y vienen y llegan más personas al lugar y la fila que se hace agota rápidamente la existencia. Más tardaron los empleados en sacar las cajas que la gente en vaciarlas. Los policías igual se quedan allí (cada uno con tres margarinas que les han apartado) custodiando ahora unas cajas vacías que algunos ven con tristeza, porque llegaron tarde, y otros con rabia contenida, por la misma razón.

Mientras hago mi cola para pagar el queso que fui a comprar, en la caja de al lado estalla una trifulca. Un sujeto que cargaba al menos doce margarinas saca cuatro cédulas, la suya y tres más, y con ellas se dispone a justificar que lleva más de las tres permitidas. Balbucea algunas excusas poco creíbles sobre “su familia” que lo “está esperando afuera”, pero nadie le cree. Igual él no se mueve de su puesto, y la gente empieza a gritarle improperios que es mejor no repetir acá. No pude ver el desenlace, pero la cosa pintaba muy mal para el sujeto. A la violencia no la afecta la escasez.

Salgo del automercado hacia mi casa. Ando en moto y no tuve que pagar estacionamiento –igual no hubiera podido, pues efectivo no tengo- pero a menos de una cuadra, como si lo vivido no fuese ya suficiente causa de tristeza, me encuentro con el anciano de la charcutería sentado en una acera, cabizbajo, con una mujer policía al lado haciendo no sé cuál llamado por la radio.

“¿Qué le pasó maestro?”, le pregunto, tras detenerme.

Sus ojos ya han perdido la dignidad, a esta la ha sustituido una ira tan intensa que, no obstante sus años y su debilidad física, intimida.

“Me robaron”, responde, lacónico.

No le quitaron la cartera, y celular no tenía. Le quitaron el jamón, el queso, la mortadela. El bastón, me imagino, se lo rompieron cuando trató de defenderse. Yacía roto en dos pedazos a sus pies.

La mujer policía me vio con cara de pocos amigos, como si yo hubiese sido parte del atraco. No me ayudaba el hecho de que tenía colgada en una mis muñecas la bolsa con el queso que había comprado. Le preguntó al señor si me reconocía y él le dijo que sí. La mujer puso su mano en la funda de su pistola. Me asusté. Gracias a Dios el anciano de inmediato se dio cuenta de la confusión y le aclaró que yo no había sido el que lo robó, que me había visto en el automercado, que lo habían atracado dos muchachitos que habían salido corriendo.

“Circule”, me dijo entonces la funcionaria.

Le pregunté al señor si quería que le llamara a alguien, pero me respondió que no se sabía el número de su hijo. Le ofrecí el queso que había comprado, pero no lo aceptó. “Circule”, me repitió la policía, de nuevo con la mano sobre su pistola. No podía hacer más y me marché, pero la ira del anciano se quedó en mí. No reconozco a mi país. No puedo creer lo bajo que hemos caído ni que, mientras todo esto pasa, todavía existan personas a las que no les importe nada más que quedarse, o llegar, “como sea”, al poder.

Solo dos palabras, hechas pregunta, me repetí como una homilía hasta que llegué a mi casa:

“¿Hasta cuándo?, ¿hasta cuándo?, ¿hasta cuándo?”.

 

Gonzalo Himiob Santomé – @himiobsantome 

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