El gobernador chavista del estado Táchira, Freddy Bernal, uno de los rostros más duros del PSUV, cambió de libreto y salió a respaldar la ley de amnistía general propuesta por Delcy Rodríguez para los cientos de presos políticos en Venezuela. En una rueda de prensa esta semana, el mismo dirigente que hasta hace poco posaba orgulloso junto a lanzadores de misiles Igla‑S para “defender la patria” ahora defiende una “salida política” y pide a la oposición abandonar la vía del “terrorismo” y los atajos violentos.
Bernal descubre la magia de la amnistía
En su intervención, Bernal aseguró que “la ley de amnistía no tiene que sorprendernos” y la definió como un mecanismo jurídico‑político disponible en cualquier país para buscar salidas negociadas a conflictos internos. Para apuntalar su argumento, se remontó a 1992: recordó que él y otros “bolivarianos” se rebelaron contra el Estado, fueron encarcelados y terminaron beneficiados por la amnistía decretada por el entonces presidente Rafael Caldera.
Según el gobernador, aquella medida permitió que quienes habían optado por las armas cambiaran de ruta y abrazaran el “camino del voto”, sin volver a la vía insurreccional. Ahora, sugiere usar la misma lógica con la oposición: una amnistía que cierre ciclos de persecución y deje abierta la puerta a la competencia electoral, en el marco de la ley propuesta por Rodríguez tras años de represión y encarcelamientos.
La oposición, los drones y el “camino del voto”
El giro discursivo de Bernal vino acompañado de un regaño directo a los adversarios del chavismo. Aseguró que la oposición debe entender que “el camino no es el terrorismo, no es pedir invasión, no es el golpe de Estado, no es volar drones sobre la avenida Bolívar para asesinar al presidente”, en alusión al atentado con drones denunciado por el gobierno en 2018.
Insistió en que el único sendero válido es el electoral, alineándose con la narrativa oficial que intenta presentar la amnistía como una “herramienta para la paz” y no como una concesión forzada por la presión internacional y las negociaciones con Washington. En este marco, la oposición aparece retratada como el actor que debe “corregir” su conducta, mientras el chavismo se muestra como el poder magnánimo que ofrece perdón y reinserción política.
Del misil Igla‑S al tono moderado
El contraste no pasa desapercibido: antes de la captura de Nicolás Maduro por órdenes de la administración de Donald Trump, Bernal se había hecho célebre por exhibir lanzadores antiaéreos Igla‑S y hablar de la disposición a enfrentar cualquier intento de invasión. Esa puesta en escena militarista encajaba con la línea dura del chavismo, que vendía la defensa de la “soberanía” frente a Estados Unidos como prioridad absoluta.
Hoy, en cambio, el mismo dirigente se presenta como promotor de una ley de amnistía amplia, impulsada desde Miraflores por Rodríguez, que aspira a cubrir casos de violencia política desde 1999 y que se tramita en una Asamblea Nacional alineada con el oficialismo. El cambio de tono refleja el nuevo contexto: transición post‑Maduro, negociaciones con actores opositores e interés del chavismo en mostrarse como garante de estabilidad justo cuando busca aliviar sanciones y recomponer su imagen internacional.
Una amnistía hecha a la medida del nuevo guion
La propuesta de ley de amnistía general anunciada por Rodríguez, que excluye delitos como homicidio, narcotráfico, corrupción y violaciones de derechos humanos, se presenta como parte de un paquete para “cerrar heridas” y relanzar el sistema de justicia. Sin embargo, organizaciones de derechos humanos y voces opositoras advierten que el éxito de la medida dependerá de su implementación real: liberación efectiva de presos, cese de nuevas detenciones y garantías de no repetición.
En ese tablero, declaraciones como las de Bernal no son solo un gesto aislado, sino una pieza del relato que el chavismo quiere construir: el de una revolución que, tras décadas de confrontación, ahora “abre los brazos” a una reconciliación controlada, sin renunciar al monopolio del poder.

