La migración venezolana ha dejado miles de familias partidas entre quienes se quedaron en el país y quienes comenzaron de cero en otras latitudes, como España, donde residen cerca de 400.000 venezolanos que viven con la incertidumbre sobre el futuro tras la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos. El reportaje recoge la historia de tres hermanas —Sina, Pina y Liliana— y sus familias, que tomaron caminos distintos y hoy intentan sostener vínculos a distancia mientras lidian con el desarraigo, el miedo acumulado y la esperanza de un cambio.
Sina y su esposo permanecen en Venezuela, donde describen la vida como estar en “standby”, sin saber qué va a pasar y cuidando cada palabra: “Aquí estamos con bajo perfil. Nadie te toca, pero no puedes emitir opinión”, dice ella, que resume su decisión de no migrar con una frase muy venezolana: seguir “aguantando la pela”. Pina, que llegó a Madrid en 2001 huyendo de la inseguridad tras varios atracos, recuerda que el miedo la acompañó incluso al caminar sola en España, aunque con el tiempo pudo adaptarse y hoy considera que fue un paso duro, pero necesario para darle mejores oportunidades a sus hijos.
Liliana y Leonardo también dejaron Venezuela en 2022, empujados por la violencia y el colapso de los servicios básicos: relatan despensas vacías, agua cada 60 días y cortes de electricidad que se prolongaban por semanas, hasta que el asalto a su hijo a punta de pistola en un autobús se convirtió en la “última gota” que los hizo irse. Su hijo Victor, que emigró antes para “allanar el camino”, describe el salto de un país colapsado a uno con servicios y seguridad como pasar “de cero a cien”, y considera que traer a sus padres y a su hermano ha sido su mayor logro.
La nota también recoge las miradas cruzadas de los hijos: Giovanni, de 19 años, dice que quizá en diez años Venezuela pueda parecerse a lo que fue, pero no se ve regresando a vivir; Leonel, de 33, quisiera volver algún día, pero no mientras el país no sea realmente libre. Expertos citados, como Beatriz Octavio (Código Venezuela) y Sergio Contreras (Refugiados Sin Fronteras), advierten que casi todas las familias venezolanas se han roto por la migración y que reparar esos vínculos es muy difícil, aunque muchos, como Victor, siguen aferrados a la esperanza de que algún día todos puedan reencontrarse y abrazarse sin tener que cruzar océanos.

