El periodista y defensor de derechos humanos Carlos Julio Rojas decidió finalmente contar, con nombres y detalles, cómo fueron los 638 días que pasó preso en la sede del Sebin en El Helicoide, un centro que describe abiertamente como “cárcel de tortura”. Su testimonio rompe la mordaza que le impusieron al momento de su excarcelación y dibuja un cuadro de torturas psicológicas, condiciones inhumanas y chantajes permanentes para intentar doblegarlo y arrancarle una confesión en un caso que, insiste, se armó con acusaciones falsas.

Desde el primer día, Rojas recuerda que lo quisieron presentar como parte de un supuesto complot para atentar contra Nicolás Maduro, acusación que ya venía arrastrando desde su detención en abril de 2024. Asegura que ese expediente se sostuvo más en la necesidad de castigar su trabajo como periodista y activista social que en pruebas reales, al punto de que el proceso estuvo plagado de retrasos, irregularidades y violaciones al derecho a la defensa. En varios momentos, explica, le negaron la posibilidad de contar con un abogado de confianza y le impusieron defensores públicos, mientras la causa quedaba empantanada y él permanecía encerrado sin juicio.

Uno de los aspectos más duros de su relato es la incomunicación prolongada a la que fue sometido, castigado durante semanas sin poder ver a su familia ni hablar con sus abogados. Organizaciones gremiales han documentado que Rojas llegó a pasar 81 días completamente incomunicado, sin visitas ni contacto con el exterior, una práctica que el Colegio Nacional de Periodistas calificó como una forma de tortura institucionalizada diseñada para quebrar psicológicamente al detenido. En ese lapso, su familia apenas podía tener noticias fragmentadas sobre su salud, ya deteriorada por la hipertensión y las condiciones del encierro.

Rojas recuerda que buena parte de la presión que recibió en el Helicoide apuntaba a obligarlo a incriminarse y a incriminar a otros, bajo la amenaza de empeorar su situación si se negaba a colaborar. Habla de interrogatorios extenuantes, de traslados a celdas de castigo y de un clima constante de miedo, donde cualquier reclamo podía significar perder las pocas “concesiones” que le permitían sobrevivir. Aun así, insiste en que la decisión de no firmar versiones fabricadas de los hechos fue lo que, en su opinión, le permitió conservar algo que repite como mantra: “la dignidad me hizo libre”, aunque la libertad llegara tarde y bajo condiciones.​

Su caso encendió alarmas dentro y fuera de Venezuela. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) le otorgó medidas cautelares al considerar que estaba en una situación de gravedad y urgencia, en riesgo de sufrir daños irreparables, mientras organizaciones como Amnistía Internacional y Provea lo señalaron como preso de conciencia y exigieron su excarcelación inmediata. El propio Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, expresó preocupación por el aumento de amenazas, detenciones y procesos penales contra periodistas y activistas en Venezuela, incluyendo el caso de Rojas.

Tras 21 meses de encierro, el periodista fue excarcelado el 14 de enero, pero no quedó realmente en libertad plena. Carga todavía con medidas cautelares como la prohibición de salir del país, obligación de presentarse periódicamente ante tribunales y restricciones para hacer declaraciones públicas, un esquema que funciona como extensión del castigo más allá de los muros del Helicoide. A pesar de ello, Rojas ha decidido relatar lo vivido como forma de denuncia y también como advertencia sobre el uso del sistema penitenciario y judicial para silenciar voces críticas en el país.​

Su historia se suma a la de otros presos políticos y periodistas que han pasado por el mismo centro de reclusión, reforzando la imagen del Helicoide como un emblema de la represión en Venezuela, más que como una simple sede policial. Al reconstruir esos 21 meses de encierro, Rojas no sólo habla de celdas, castigos y torturas, sino también de la red de solidaridad que se teje entre los detenidos y de la presión internacional que, según él, terminó siendo clave para que se abrieran las rejas. Su mensaje, ahora que puede contarlo, es que la cárcel no logró apagar su compromiso con el periodismo y los derechos humanos, aunque dejó marcas físicas y emocionales que difícilmente se borrarán.

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