Chávez en su momento de gloria llamó “diablo” al presidente de Estados Unidos desde la tribuna de la ONU. Para ese momento era el héroe de una narrativa épica. Pero toda buena gloria antecede la caída.
El 3 de enero, el “diablo” respondió con una operación militar quirúrgica. Aviones F-35, fuerzas especiales Delta y con apenas un centenar de muertos después Nicolás Maduro y Cilia ya no estaban en Venezuela.
Delcy Rodríguez administra el colapso, mejor dicho, distribuye la tragedia en pequeñas dosis. Todos aseguran que ella fue quien orquesto la teoría conspirativa para salir del Nicolás y quedarse en el poder; la verdad podría ser otra y haber más de un traidor a la patria.

Hay amor no te mueras o muere te un trancazo, que no hay peor agonía que la que es de paso en paso”, este fragmento de una canción de Ricardo Arjona parece haberse convertido en el nuevo himno de los chavistas de verdad, quienes observan el derrumbe del legado del comandante Chávez con rabia y vergüenza.
Ahí van, poco a poco, desde los sectores anticapitalistas se critica amargamente que el chavismo confundiera “nacionalización con socialismo”, edificando todo sobre la renta petrolera sin construir una economía socialista planificada que brinde verdadera independencia.
Hoy los chavistas ven su peor pesadilla hecha realidad: no una derrota frente a las masas opositoras sino una rendición paulatina y una humillación colonial frente al imperialismo.
La agresión estadounidense del 3 de enero refleja un golpe profundo a la República. La revolución del siglo XXI parece haber sido derrotada dos veces: por el imperialismo y por la burocracia que decía combatir.
El Alacran Picante.

