Venezuela no atraviesa una simple crisis política, la realidad es que protagoniza el reality show más costoso, dramático y cargado de corrupción de toda Latinoamérica.

El pasado 3 de enero marcó no el comienzo sino el espectacular clímax de un enredo que lleva cocinándose, al menos desde la muerte de Hugo Chávez. Ahora lo que vivimos en el país es una tragicomedia, donde los revolucionarios de antaño juegan a la sillita, la música es el himno de Estados Unidos y la última silla es un avión a Dubai.

Y es aquí donde la telenovela venezolana da un giro magistral. Yo me atrevería a decir: Pobre Delcy, se cree la protagonista, jura tener el sartén por el mango. La realidad es más compleja y cómica. La actual Presidenta encargada no tiene el sartén; está atada a él, mientras el fuego lo controla Donald Trump desde la Casa Blanca.

Tras la extracción de Maduro y Cilita la bonita, Delcy asumió como presidenta encargada, y aunque su discurso es beligerante acusando al gobierno norteamericano de agresión, sus acciones demuestran sumisión… Ella solo cumple ordenes, pone en marcha los cambios forzados por Washington. El mismo Trump dijo que Estados Unidos estará “muy involucrado” en la explotación del oro negro venezolano.

Hoy no vemos a una líder revolucionaria en el poder, la menor de los hermanos Rodríguez es simplemente la gerente de turno. Su misión ya no es expandir la revolución, sino negociar la rendición con los mejores beneficios personales y de clan posibles. El chavismo ha mutado de movimiento revolucionario a una maquinaria de adaptación y supervivencia a toda costa.

Pero, la pregunta del millón es ¿Quién es el gran traidor? Lamento decepcionarlos ese papel no lo cumple la hermanita sino un hombre de uniforme militar que vendió el legado por conveniencia personal.

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