Venezuela alguna vez soñó con ser un faro de esperanza para los jóvenes, pero lamentablemente la juventud venezolana se encuentra atrapada en medio de un ambiente cargado de violencia y represión.
Durante los últimos 27 años de socialismo el grito de nuestras nuevas generaciones ha resonado en las calles, pero en lugar de ser escuchados, han sido silenciados a través del miedo, la prisión y en algunos casos hasta la muerte.
Como aves que intentan volar en un cielo cubierto de nubes oscuras, estos jóvenes valientes se han levantado contra un sistema que les niega sus derechos más básicos. Por eso cada 12 de febrero, un día que debería ser de celebración, se convierte en un recordatorio sombrío de la lucha por la libertad. Cada protesta es un eco de valentía, pero cada encarcelamiento es un recordatorio del alto costo de la lucha.
No nos olvidemos que la revolución del siglo XXI se ha vestido de represión, la cual no solo mata cuerpos sino que apaga sueños. Salir a la calle y seguir protestando es de alguna manera rendir homenaje a aquellos que han caído, no dejemos que su sacrificio sea en vano.
La juventud de Venezuela merece un futuro donde sus voces no sean acalladas, sino que inspiren un cambio verdadero.

