¡CLARO QUE DESCUBRIÓ EL “DIÁLOGO”! ARIAS CÁRDENAS SE RESCETA DESPUÉS DEL 3 DE ENERO, NO SEA QUE TAMBIÉN LO MONTEN EN UN AVIÓN GRINGO

Arias Cárdenas se arrodilla: ahora aplaude a Delcy y descubre el “diálogo” después que vio cómo se llevan a Maduro en un avión gringo.

Desde la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero y la irrupción de una transición tutelada desde afuera, muchos viejos cuadros del chavismo han salido a reacomodarse. Entre ellos destaca Francisco Arias Cárdenas, quien ahora presenta a Delcy Rodríguez como la figura que hace “la única labor que podía hacerse luego del 3 de enero” y declara que ese día “se reseteó el país” y que eso obliga a una política de diálogo. Lo que para él luce como una reflexión serena es, leído desde la experiencia de la gente, el gesto clásico del dirigente que huele el cambio de viento y se apura a quedar bien con el nuevo orden, sin hacerse cargo del desastre que ayudó a construir.

Cuando Arias Cárdenas elogia que Delcy se siente con “verdugos” y que asuma el costo político de negociar después del 3 de enero, omite un pequeño detalle: esa fecha no fue una iluminación democrática, sino el estallido de una crisis acumulada por años de autoritarismo, corrupción y cierre total de vías internas de cambio. El país no se “reseteó” solo, ni por arte de magia; se llegó a este punto tras aplastar elecciones, perseguir disidencias, reventar la economía y convertir al Estado en herramienta de enriquecimiento de una élite. Arias habla del “día cero” como si fuera un evento meteorológico inevitable, no el final abrupto de un modelo al que él mismo aportó legitimidad en su momento.

Resulta cómodo, desde esa nueva narrativa, glorificar el “diálogo” cuando el costo principal lo pagó la gente llana: migración masiva, salarios de hambre, servicios destruidos y una represión sistemática que dejó presos políticos, exiliados y muertos. Ahora, con Maduro esposado frente a una corte extranjera y Washington marcando la cancha de la transición, Arias decide descubrir el valor de conversar y de recomponer el país “entre todos”. La pregunta obvia es: ¿dónde estaban esas ganas de rectificar cuando el control lo tenían ellos, sin embajadas reabiertas ni portaaviones en el Caribe recordándoles que no son intocables?

La defensa que hace de Delcy Rodríguez ayuda a desnudar el tono del momento. Arias la presenta como quien asumió con responsabilidad la nueva etapa, como si estuviera cumpliendo un mandato histórico y no haciendo, sobre todo, un ejercicio de supervivencia política frente a la presión conjunta de Estados Unidos y una sociedad agotada. Los “tres discursos” de Delcy –el nacionalista para adentro, el diplomático para afuera y el pragmático para preservar el aparato de poder– revelan que el objetivo central no es rectificar los desmanes de la revolución, sino garantizar que la transición no termine arrastrando a toda la élite al mismo destino judicial de Maduro.

Arias se suma a ese libreto al hablar de una política de diálogo como si fuera una concesión generosa del chavismo en retirada y no una imposición de la realidad. No es que el 3 de enero haya inaugurado un súbito amor por el entendimiento, es que la correlación de fuerzas cambió: volvió la embajada de Estados Unidos, hay ojos externos monitoreando sobre el terreno y la dirigencia oficialista sabe que cada exceso tiene ahora un costo más alto. En ese contexto, abrazar el “reseteo” y aplaudir las reuniones con “verdugos” no es valentía: es instinto de conservación.

Lo más grave es que Arias habla de “obligación de diálogo” sin mencionar la palabra clave: responsabilidad. No hay una autocrítica nítida sobre el rol que jugaron él y otros dirigentes en la consolidación de un régimen que fue cerrando, paso a paso, todas las salidas institucionales hasta que el desahogo vino, literalmente, desde el cielo con bombas y comandos especiales. El país que él describe como “reseteado” es el mismo al que durante años pidió paciencia, lealtad y disciplina, mientras las instituciones se vaciaban y el poder se concentraba en un círculo cada vez más pequeño.

Cuando un político que se vendió como “crítico interno” termina justificando que solo ahora sea posible la labor que Delcy está haciendo, en el fondo está admitiendo dos cosas: que la revolución no supo ni quiso corregirse a sí misma, y que sin presión externa jamás habría aceptado abrir grietas en el muro. El discurso de Arias, en vez de servir para rectificar, tiende un manto de normalización sobre una transición que nació de un quiebre extremo, presentándola casi como una evolución natural del proceso bolivariano.

Por eso su retórica luce tan oportunista. Habla de diálogo pero no nombra a los responsables del colapso; celebra la “única labor posible” después del 3 de enero, pero no se pregunta por qué durante dos décadas se bloquearon todas las demás; reivindica la necesidad de recomponer el país, pero esquiva la discusión sobre justicia, reparación y límites para quienes usaron el poder sin controles. Al final, su mensaje parece diseñado para que la élite pueda reciclarse en el nuevo tablero sin pagar el costo político que sí cargaron millones de venezolanos.

Si algo dejó claro el 3 de enero es que la paciencia interna se agotó mucho antes que la narrativa oficial; lo que no logró la protesta ni el voto en condiciones amañadas terminó llegando por la vía más cruda: una intervención que rompió la inercia autoritaria a un precio altísimo para la soberanía y el derecho internacional. En ese contexto, la figura de Arias Cárdenas no encarna la rectificación de la revolución, sino su intento de reacomodo: quien defendió el proyecto mientras le fue útil, ahora viste de “diálogo” la necesidad desesperada de no terminar donde ya está sentado Maduro.

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