Los precios internacionales del petróleo y del gas natural registraron este lunes un fuerte repunte, al tiempo que las principales bolsas del mundo abrieron con caídas generalizadas, en un nuevo episodio de turbulencia financiera provocado por los ataques militares contra Irán. El estallido de violencia en Oriente Medio elevó de inmediato la prima de riesgo geopolítico y reavivó los temores a interrupciones del suministro energético, especialmente en el Golfo Pérsico y en el estratégico estrecho de Ormuz, uno de los puntos por donde circula buena parte del crudo que abastece a la economía global.
En las primeras operaciones de la jornada, el barril de Brent, referencia para Europa, llegó a dispararse alrededor de 10%, mientras que el West Texas Intermediate (WTI), marcador en Estados Unidos, avanzó en una magnitud similar, en un contexto de alta volatilidad y bruscos movimientos de los futuros. La reacción obedeció a que el mercado empezó a descontar posibles restricciones al tránsito de buques petroleros y de gas natural licuado en la zona del estrecho, así como eventuales daños en infraestructuras clave para la producción y el transporte de hidrocarburos en la región.
El salto más pronunciado se registró en el mercado del gas natural europeo, donde las cotizaciones llegaron a subir del orden de 20% a 25% ante el temor de un shock de oferta en medio de la temporada de reposición de inventarios. Analistas consultados por medios especializados advirtieron que el conflicto añade una nueva capa de incertidumbre a un sector que no había terminado de digerir las consecuencias de la guerra en Ucrania y las sanciones contra Rusia, y ahora debe lidiar con la posibilidad de un cuello de botella simultáneo en el suministro procedente de Oriente Medio.
El impacto fue inmediato en las bolsas europeas, donde los principales índices iniciaron la sesión con números rojos. El Ibex 35 español llegó a ceder en torno a 2,5%–3%, lastrado por las fuertes pérdidas de aerolíneas y empresas de consumo, mientras los inversores se refugiaban en valores energéticos y del sector defensa, que subían con fuerza impulsados por la escalada de los precios del crudo y el incremento del gasto militar esperado. Situaciones similares se observaron en otros parqués del continente, con ventas masivas en sectores sensibles al encarecimiento de la energía y al deterioro de las expectativas de crecimiento.
En Asia, la reacción también fue negativa: el índice Nikkei de Japón retrocedió en torno a 1,3%, golpeado por el aumento del costo de las importaciones de energía en una economía altamente dependiente del suministro externo de petróleo y gas. Los principales indicadores bursátiles de China y del resto de Asia-Pacífico acusaron la tensión con caídas más moderadas, pero en un clima de aversión al riesgo que empujó a muchos inversores a deshacer posiciones en renta variable para refugiarse en activos considerados más seguros.
Los movimientos se extendieron a los mercados de divisas y de deuda soberana, donde el dólar estadounidense se apreció frente a otras monedas de referencia, beneficiado por el doble papel de la mayor economía del mundo como exportador neto de energía y emisor de activos refugio. Los bonos del Tesoro volvieron a ser demandados como alternativa en tiempos de turbulencia, al tiempo que el oro reanudó su escalada, consolidándose como otro destino clásico para los capitales que buscan resguardo frente a la volatilidad geopolítica y financiera.
Expertos financieros consultados coincidieron en que el canal de transmisión más importante de esta crisis hacia la economía real será el encarecimiento sostenido de la energía, más que la exposición comercial directa a Irán o a los países del Golfo. Una subida prolongada del petróleo y del gas, explican, endurecería las condiciones financieras globales, presionaría los márgenes de las empresas, recortaría el poder de compra de los hogares y podría reavivar los temores a un escenario de estanflación, con inflación elevada y crecimiento débil.
El conflicto también amenaza con alterar la hoja de ruta de los bancos centrales, especialmente de la Reserva Federal de Estados Unidos y del Banco Central Europeo, que hasta hace pocos días evaluaban un calendario de posibles recortes de tasas para este año. Un nuevo shock energético que empuje al alza los precios al consumidor obligaría a las autoridades monetarias a ser más cautelosas antes de relajar la política, lo que a su vez prolongaría el ciclo de crédito caro y dificultaría la recuperación de sectores intensivos en financiamiento, como la construcción, la industria pesada o las pequeñas y medianas empresas.
A pesar de la magnitud del movimiento inicial en los mercados, algunos analistas recuerdan que en episodios anteriores de tensión geopolítica el efecto sobre la renta variable ha tendido a ser relativamente acotado en el tiempo, siempre que el conflicto no derive en una guerra más larga ni en una interrupción prolongada del suministro. Sin embargo, advierten que la vulnerabilidad actual es mayor porque las bolsas venían de marcar máximos históricos y porque la economía mundial todavía arrastra cicatrices de choques recientes, lo que puede amplificar las oscilaciones de corto plazo y hacer más bruscos los cambios de humor de los inversionistas.
Mientras tanto, las miradas siguen puestas en el estrecho de Ormuz y en la respuesta de los países productores, que podrían ajustar sus niveles de bombeo o su estrategia de precios en función de cómo evolucione el conflicto. De prolongarse la escalada, los importadores netos de energía se verían obligados a replantear sus planes de transición energética, seguridad de suministro y reservas estratégicas, en un entorno en el que cada dólar adicional en el precio del barril se traduce en presiones adicionales sobre las cuentas públicas y los bolsillos de los consumidores.

