María Corina Machado, líder opositora y Premio Nobel de la Paz 2025, anunció que regresará a Venezuela “en pocas semanas” para involucrarse directamente en la fase decisiva de la transición abierta tras la captura de Nicolás Maduro y el interinato de Delcy Rodríguez. Su vuelta, después de más de dos meses fuera del país, introduce un factor interno de peso en un proceso que hasta ahora había estado marcado por decisiones tomadas sobre todo desde Washington y por acuerdos entre grupos del chavismo y sectores de la comunidad internacional.
En su mensaje en video, difundido desde Estados Unidos, Machado afirmó que la transición venezolana “ya está en marcha” y la describió como un proceso que se consolidó en cuatro etapas: primero espiritual, luego política, después electoral y finalmente militar. Recordó que, a su juicio, Maduro fue derrotado el 28 de julio de 2024 en las urnas y que el operativo del 3 de enero para capturarlo y trasladarlo a Estados Unidos no hizo sino materializar una correlación de fuerzas que venía gestándose desde antes.
La dirigente insistió en que su regreso tiene tres objetivos centrales. El primero, “fortalecer la unión de los venezolanos”, que dice haber comenzado con las primarias opositoras y continuado con la organización de comandos y estructuras de base; el segundo, consolidar “un gran acuerdo nacional” con partidos, organizaciones sociales y actores económicos para garantizar gobernabilidad durante la transición; y el tercero, preparar al país para “una nueva y gigantesca victoria electoral” en los comicios que deberán celebrarse cuando culmine el período de la presidenta interina Delcy Rodríguez.
El análisis publicado por El Nacional subraya que, por primera vez en la historia del país, dos mujeres se disputan el centro del poder político: Rodríguez, al frente de una transición respaldada por Estados Unidos pero todavía anclada en cuadros del chavismo, y Machado, convertida en referente de la oposición mayoritaria con reconocimiento internacional. Washington, destaca el texto, parece privilegiar de momento la “estabilidad estratégica” y la continuidad institucional a través del interinato de Delcy, mientras evalúa cómo encajar el retorno de Machado sin desatar fracturas que comprometan el control del territorio y de la seguridad.
Machado, por su parte, ha sido clara en sus reservas frente a Delcy Rodríguez. En entrevistas recientes desde el exterior, advirtió que, si la transición se limita a cambiar a Maduro pero mantiene en el poder a figuras clave de su círculo como Rodríguez, “nada verdaderamente cambia”: no habrá estado de derecho ni confianza ni estabilidad duradera, y muchos venezolanos no se sentirán seguros para regresar. De ahí que su discurso hable de una “transición ordenada, sostenible e indetenible”, pero también de la necesidad de un quiebre más profundo con la estructura del chavismo.
El artículo de El Nacional destaca que el regreso de Machado altera el equilibrio que venía consolidándose entre el gobierno interino y los actores internacionales. Hasta ahora, la hoja de ruta había sido marcada en buena medida por la Casa Blanca, el Departamento de Estado y gobiernos europeos, con la prioridad puesta en la estabilidad, el control territorial y la gestión de la crisis humanitaria y migratoria. La reaparición física de la líder opositora dentro del país introduce una voz con legitimidad social propia, que puede presionar por cambios más profundos y por una depuración mayor del aparato estatal.
Machado también ha insistido en el componente internacional del proceso. En su mensaje, recordó reuniones con Donald Trump en la Casa Blanca y con el secretario de Estado Marco Rubio, así como contactos con gobiernos europeos y latinoamericanos, a los que dice haber transmitido el “enorme potencial” de una Venezuela democrática capaz de ofrecer seguridad jurídica, servicios públicos de calidad y un entorno favorable para la inversión y el retorno de los exiliados. Para ella, la transición venezolana puede ser, en términos geopolíticos, “la caída del Muro de Berlín en América”, redefiniendo el mapa político de la región.
El texto subraya, sin embargo, que el regreso de Machado no está exento de riesgos. Delcy Rodríguez ha dicho que la opositora “tendrá que responder ante Venezuela” por haber apoyado públicamente acciones militares de Estados Unidos contra el régimen, y en el país siguen abiertos expedientes judiciales e inhabilitaciones políticas que podrían ser reactivados si sectores del antiguo chavismo ven amenazados sus espacios de poder. Esa tensión convierte su retorno en una prueba tanto para la solidez de la transición como para la disposición real a desmontar el patrón de persecución política.
Aun así, la propia Machado presenta su decisión como un paso inevitable. Dice regresar no solo por ella misma, sino “en nombre de cientos de miles de exiliados” que aspiran a volver a un país distinto, sin miedo y con oportunidades, y llama a los venezolanos a prepararse para una nueva elección que, según la Constitución, debería organizarse una vez concluya el período máximo del interinato de Rodríguez. En esta nueva etapa, su figura se proyecta como el principal contrapeso interno a una transición que, hasta ahora, había sido conducida principalmente “desde arriba” y “desde afuera”.

