El Caribe vive una tensión creciente. Es entre Venezuela y Trinidad y Tobago. Crece también el miedo de los pescadores trinitenses. Tienen miedo de salir al mar. Esto es por la presencia de las guardias costeras. Ambas están en medio del despliegue militar. Es un despliegue de Estados Unidos.
Crisis en las Costas
La relación es turbulenta hace meses. Empeoró por la presencia del buque. Es el USS Gravely, de Estados Unidos. El buque estuvo en Puerto España. Caracas consideró esta maniobra una «provocación». Denuncia intentos de Washington. Dicen que buscan un cambio de régimen.
En el pueblo de Cedros, los pescadores descansan. Sus barcos están en reposo. Kendrick Moodee, de cincuenta y ocho años, dijo que son cautelosos. La guardia costera venezolana está tensa. Solo diez kilómetros separan la península de Venezuela.
Antes las relaciones eran estables. Los pescadores frecuentaban aguas venezolanas. Buscaban peces. Ahora la práctica es poco frecuente.
Pescadores denuncian la violencia. Dicen que los guardacostas responden violentamente. Lo hacen a las embarcaciones. Se han multiplicado las palizas y extorsiones. Esto es por las autoridades de Caracas.
Rakesh Ramdass, de cuarenta y dos años, admite el miedo. «Las cosas están empezando a ponerse más difíciles». Dice que salir es la única forma de ganar dinero. «Cuando sales, todo puede pasar».
Los guardacostas trinitenses también complican el trabajo. La zona es ruta de tráfico. Es tráfico de drogas, armas y personas. La amenaza criminal se suma.
La primera ministra, Kamla Persad-Bissessar, apoyó a Trump. Dijo que el ejército de EE. UU. debería matar a los traficantes. Más de dieciséis bombardeos ocurrieron. Dejaron sesenta y dos muertes. Dos trinitenses figuran entre las víctimas.
Caracas suspendió acuerdos gasíferos. Declaró a la gobernante persona non grata. Con la tensión, «todo el mundo se vuelve sospechoso». Esto dijo un diplomático. Los pescadores están bajo el fuego cruzado. La economía se ve afectada.
Icacos es punto de llegada de migrantes. Son venezolanos indocumentados. Yacelis García, indígena warao, emigró hace seis años. Juan Salazar, su cuñado, vive del miedo. No se aventura lejos de la costa. Teme que las autoridades venezolanas lo atrapen y lo deporten.

