La portavoz del Ministerio de Exteriores ruso, María Zajárova, declaró que Moscú “reafirma su apoyo a los esfuerzos del gobierno de Nicolás Maduro por proteger su soberanía e intereses nacionales y mantener el desarrollo estable y seguro de su país”, en uno de los comunicados más desconectados de la realidad venezolana que se han escuchado en esta crisis. El mensaje llega justo cuando Venezuela enfrenta bloqueo petrolero, buques incautados, tensión militar en el Caribe y una economía donde el dólar paralelo y la inflación han pulverizado salarios, pensiones y ahorros, pero para el Kremlin se trata de un modelo que merece respaldo como ejemplo de “estabilidad” y “seguridad”.

Zajárova, en rueda de prensa, pidió que América Latina se mantenga como una “zona de paz” y llamó a evitar cualquier intervención que pueda “desestabilizar la región”, apuntando sin nombrarlo directamente al despliegue militar y naval de Estados Unidos en torno a Venezuela. Aseguró que Moscú sigue con atención los movimientos de tropas y radares en el Caribe y confió en que el presidente Donald Trump actúe con “prudencia, pragmatismo y racionalidad”, al tiempo que recalcó que Rusia aboga por la distensión y por soluciones “mutuamente aceptables” dentro del marco del derecho internacional.

Sin embargo, detrás de ese lenguaje diplomático, la portavoz fue clara en el mensaje político de fondo: Rusia no va a soltar la mano de Maduro. Subrayó que Moscú “no abandonará sus compromisos con la gestión de Nicolás Maduro” frente a las presiones externas, y reiteró que el Kremlin seguirá apoyando a Caracas en espacios como el Consejo de Seguridad de la ONU, donde Venezuela intenta denunciar el bloqueo petrolero y las incautaciones de tanqueros como actos de “piratería” y “terrorismo marítimo” de Estados Unidos.

La declaración de Zajárova se suma a la reciente llamada del presidente Vladímir Putin a Maduro, en la que el líder ruso expresó su “solidaridad con el pueblo venezolano” y respaldó la política del gobierno chavista de “proteger la soberanía” frente a la presión de Washington. En esa conversación, ambos mandatarios prometieron seguir adelante con proyectos conjuntos en materia energética, financiera, comercial y militar, lo que confirma que Venezuela sigue siendo un aliado estratégico para Moscú en el tablero latinoamericano.

Caracas, por su parte, ha hecho todo lo posible por amplificar ese respaldo. El canciller Yván Gil aseguró tras conversar con su homólogo Serguéi Lavrov que Rusia “brindará toda su cooperación y apoyo a Venezuela contra el bloqueo”, incluyendo acompañamiento en las gestiones ante el Consejo de Seguridad y la promesa de ampliar la cooperación en medio del cerco a la industria petrolera y naviera venezolana. Desde el discurso oficial, Moscú aparece casi como un salvavidas político frente a un Estados Unidos que ha declarado al régimen de Maduro “organización narcoterrorista extranjera” y ha lanzado un bloqueo total a los buques sancionados.

El problema es que mientras Rusia habla de “desarrollo estable y seguro”, los indicadores dentro de Venezuela cuentan otra historia: caída de exportaciones, supertanqueros atrapados frente a la costa, millones de barriles de crudo sin poder salir, ciberataques a PDVSA, retrasos en salarios de trabajadores y una población que sobrevive con salarios que no cubren ni una fracción de la canasta básica. A eso se suman informes de la ONU y ONG que describen un sistema de represión sofisticada, presos políticos, torturas y colapso social, elementos ausentes en el relato idílico que Moscú hace del “desarrollo seguro” bajo Maduro.

En la práctica, el respaldo ruso mezcla geopolítica y negocios: Venezuela ofrece petróleo, minerales, contratos militares y presencia estratégica en el hemisferio; Rusia entrega apoyo diplomático, algún nivel de cooperación técnica y un discurso que presenta al chavismo como víctima de un neocolonialismo estadounidense. Para el ciudadano venezolano de a pie, que lidia con colas, servicios colapsados y un bolívar destruido, la frase de que el gobierno trabaja por un “desarrollo estable y seguro” suena más a tragedia mal escrita con guion de tragicomedia griega que a descripción real de su día a día, pero para el tablero internacional sirve para mantener en pie una alianza que ambos lados consideran demasiado útil como para poner en duda por proteger su soberanía e intereses nacionales y mantener el desarrollo estable y seguro de su país”, en uno de los comunicados más desconectados de la realidad venezolana que se han escuchado en esta crisis. El mensaje llega justo cuando Venezuela enfrenta bloqueo petrolero, buques incautados, tensión militar en el Caribe y una economía donde el dólar paralelo y la inflación han pulverizado salarios, pensiones y ahorros, pero para el Kremlin se trata de un modelo que merece respaldo como ejemplo de “estabilidad” y “seguridad”.

Zajárova, en rueda de prensa, pidió que América Latina se mantenga como una “zona de paz” y llamó a evitar cualquier intervención que pueda “desestabilizar la región”, apuntando sin nombrarlo directamente al despliegue militar y naval de Estados Unidos en torno a Venezuela. Aseguró que Moscú sigue con atención los movimientos de tropas y radares en el Caribe y confió en que el presidente Donald Trump actúe con “prudencia, pragmatismo y racionalidad”, al tiempo que recalcó que Rusia aboga por la distensión y por soluciones “mutuamente aceptables” dentro del marco del derecho internacional.

Sin embargo, detrás de ese lenguaje diplomático, la portavoz fue clara en el mensaje político de fondo: Rusia no va a soltar la mano de Maduro. Subrayó que Moscú “no abandonará sus compromisos con la gestión de Nicolás Maduro” frente a las presiones externas, y reiteró que el Kremlin seguirá apoyando a Caracas en espacios como el Consejo de Seguridad de la ONU, donde Venezuela intenta denunciar el bloqueo petrolero y las incautaciones de tanqueros como actos de “piratería” y “terrorismo marítimo” de Estados Unidos.

La declaración de Zajárova se suma a la reciente llamada del presidente Vladímir Putin a Maduro, en la que el líder ruso expresó su “solidaridad con el pueblo venezolano” y respaldó la política del gobierno chavista de “proteger la soberanía” frente a la presión de Washington. En esa conversación, ambos mandatarios prometieron seguir adelante con proyectos conjuntos en materia energética, financiera, comercial y militar, lo que confirma que Venezuela sigue siendo un aliado estratégico para Moscú en el tablero latinoamericano.

Caracas, por su parte, ha hecho todo lo posible por amplificar ese respaldo. El canciller Yván Gil aseguró tras conversar con su homólogo Serguéi Lavrov que Rusia “brindará toda su cooperación y apoyo a Venezuela contra el bloqueo”, incluyendo acompañamiento en las gestiones ante el Consejo de Seguridad y la promesa de ampliar la cooperación en medio del cerco a la industria petrolera y naviera venezolana. Desde el discurso oficial, Moscú aparece casi como un salvavidas político frente a un Estados Unidos que ha declarado al régimen de Maduro “organización narcoterrorista extranjera” y ha lanzado un bloqueo total a los buques sancionados.

El problema es que mientras Rusia habla de “desarrollo estable y seguro”, los indicadores dentro de Venezuela cuentan otra historia: caída de exportaciones, supertanqueros atrapados frente a la costa, millones de barriles de crudo sin poder salir, ciberataques a PDVSA, retrasos en salarios de trabajadores y una población que sobrevive con salarios que no cubren ni una fracción de la canasta básica. A eso se suman informes de la ONU y ONG que describen un sistema de represión sofisticada, presos políticos, torturas y colapso social, elementos ausentes en el relato idílico que Moscú hace del “desarrollo seguro” bajo Maduro.

En la práctica, el respaldo ruso mezcla geopolítica y negocios: Venezuela ofrece petróleo, minerales, contratos militares y presencia estratégica en el hemisferio; Rusia entrega apoyo diplomático, algún nivel de cooperación técnica y un discurso que presenta al chavismo como víctima de un neocolonialismo estadounidense. Para el ciudadano venezolano de a pie, que lidia con colas, servicios colapsados y un bolívar destruido, la frase de que el gobierno trabaja por un “desarrollo estable y seguro” suena más a tragedia mal escrita con guion de tragicomedia griega que a descripción real de su día a día, pero para el tablero internacional sirve para mantener en pie una alianza que ambos lados consideran demasiado útil como para poner en duda.

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