Rusia y China han elevado el tono contra Estados Unidos por la operación militar que terminó con la captura de Nicolás Maduro, pero al mismo tiempo dejan claro que no están dispuestos a perder del todo su influencia estratégica y económica sobre Venezuela. Pekín, a través de su cancillería, acusó a Washington de violar el derecho internacional y “forzar” la detención del exmandatario, mientras promete seguir apoyando a Caracas en la defensa de su soberanía y dignidad, aunque ahora frente a un gobierno de transición que ya negocia de lleno con la Casa Blanca.
En paralelo, Moscú mantiene el guion de crítica a la presión militar y económica estadounidense, tal como lo hizo en el Consejo de Seguridad de la ONU cuando calificó la conducta de Washington hacia Venezuela como un “comportamiento de cowboy” y una forma de intimidación. Sin embargo, analistas recuerdan que, incluso antes de la caída de Maduro, Rusia ya venía calibrando su compromiso, priorizando sus propios intereses en otros frentes como Ucrania y manteniendo sobre el terreno sobre todo vínculos energéticos y contractuales, más que una defensa política a toda prueba del régimen chavista.
La presión de Estados Unidos busca, justamente, romper ese viejo esquema de alianzas. De acuerdo con reportes citados por medios internacionales, la Casa Blanca habría exigido a la presidenta encargada Delcy Rodríguez reducir o revisar los acuerdos de cooperación con China, Rusia, Irán y Cuba como condición para permitir que Venezuela extraiga y comercialice su petróleo y acceda a licencias clave en el sector energético. En el Senado, el secretario de Estado Marco Rubio llegó a afirmar que esos países usaron a Venezuela como su “base principal de operaciones en el hemisferio occidental”, lo que, según él, justificó la intervención militar y el plan para reconfigurar el rol del país en la región.
Aun así, ni Rusia ni China parecen dispuestas a abandonar por completo la mesa venezolana. Pekín procura cuidar su exposición financiera y energética, apostando a poder negociar con cualquier gobierno que se consolide en Caracas, mientras Moscú intenta preservar contratos y activos petroleros que le siguen resultando útiles, aunque ya sin la ilusión de un “Maduro para siempre”. El resultado es una posición ambivalente: denuncian la ofensiva de EE UU, pero miden cada paso para no quedar fuera del reparto de influencia sobre un país que vuelve a ser pieza codiciada en el tablero geopolítico.

