Los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez han acelerado en las últimas semanas un desmontaje metódico del madurismo dentro del aparato del Estado venezolano, según un reportaje del diario español El Mundo que describe una operación de “limpieza política” dirigida a borrar el rastro de Nicolás Maduro, pero sin renunciar al control del poder. La crónica sostiene que la “limpieza” se ha concentrado en el Despacho de la Presidencia y en los núcleos duros de decisión, desplazando figuras emblemáticas del círculo íntimo del exmandatario e instalando cuadros de confianza de los Rodríguez en puestos clave.
De acuerdo con el texto, la presidenta encargada Delcy Rodríguez habría aprovechado la captura de Maduro para reconfigurar el andamiaje político, militar y comunicacional que lo sostenía, retirando símbolos, programas y piezas de propaganda asociadas a su figura, y desmontando iniciativas como la narrativa de “Superbigote”, presentada durante años como emblema del madurismo. El objetivo no sería solo marcar distancia de un liderazgo agotado, sino construir un chavismo reciclado, pragmático y alineado con la nueva relación con Estados Unidos y las potencias interesadas en el petróleo venezolano.
El Mundo subraya que la operación de los Rodríguez se da en paralelo a una estrategia de control de la Fuerza Armada y de las finanzas públicas, con movimientos en la cúpula militar y en las áreas sensibles del Estado, orientados a consolidar un mando leal a la nueva jefatura política. Esta recomposición interna se complementa con gestos hacia el exterior, como la apertura petrolera a empresas estadounidenses y europeas y el acercamiento a gobiernos que hasta hace poco exigían la salida inmediata de Maduro.
El reportaje plantea la duda central que recorre la transición: si este “desmontaje” del madurismo es un intento de corregir el rumbo y abrir espacios reales de cambio, o más bien una maniobra para preservar el modelo de concentración de poder, sustituyendo a un líder desgastado por una nueva pareja de mando con respaldo internacional. En ese contexto, la narrativa de renovación convive con la continuidad de estructuras de control político, judicial y militar, que siguen intactas a pesar de los ajustes de nombres.
Mientras tanto, analistas citados por El Mundo advierten que los Rodríguez están construyendo un relato de ruptura controlada: se distancia al país de los excesos y excentricidades de Maduro, se promete “reconstrucción” y “normalidad institucional”, pero se preservan las palancas esenciales del sistema que permitió durante años la represión, la corrupción y la manipulación electoral. El desmontaje del madurismo, concluyen, puede terminar siendo menos una transición hacia la democracia que una operación de maquillaje de régimen, diseñada para garantizar la supervivencia del poder bajo nuevos apellidos.

