¡“AHORA SÍ QUIEREN HABLAR”! IRÁN SE ABRE A NEGOCIAR MIENTRAS TRUMP ANUNCIA UN MES MÁS DE BOMBARDEOS

Irán transmitió su disposición a negociar al mismo tiempo que continúa la ofensiva militar lanzada por Estados Unidos e Israel contra el régimen, una operación que el presidente Donald Trump considera que avanza “más rápido de lo previsto”, aunque calcula que podría prolongarse unas cuatro semanas más. La paradoja se resume en dos mensajes que corren en paralelo: en Teherán, el nuevo liderazgo intenta mostrar apertura a una salida diplomática para frenar la escalada; en Washington, la Casa Blanca insiste en que la campaña militar seguirá hasta consolidar sus objetivos sobre el terreno.

Según informó la agencia oficial de Omán, el ministro de Exteriores omaní, Badr bin Hamad Al Busaidi, reveló que su homólogo iraní, Abbas Araqchi, le comunicó la voluntad de Teherán de participar en “cualquier esfuerzo serio que contribuya a detener la escalada y restaurar la estabilidad”. El sultanato se ha colocado de nuevo como mediador discreto entre las partes, como ya hizo en crisis anteriores vinculadas al programa nuclear iraní, aprovechando sus relaciones con Washington y con el liderazgo iraní. Esa señal desde Omán busca enviar un mensaje simultáneo: Irán quiere evitar que la guerra se prolongue indefinidamente, pero intenta hacerlo sin aparecer públicamente como un actor derrotado o rendido.

Trump, por su parte, dejó claro que el reloj militar sigue corriendo. En declaraciones recogidas por medios estadounidenses y británicos, el presidente aseguró que la operación conjunta contra la República Islámica “va por delante del calendario” y que podría durar “unas cuatro semanas o algo así”, en función de cómo evolucionen los combates y la capacidad de resistencia del aparato militar iraní. El mandatario destacó que parte del alto mando del régimen “ha desaparecido” y que muchos de esos dirigentes buscan “rendirse para proteger sus vidas” y obtener algún tipo de inmunidad, en un intento de mostrar que la presión está haciendo mella en la cúpula iraní.

El escenario sobre el terreno sigue marcado por ataques a gran escala. En solo una jornada, Teherán recibió al menos siete oleadas de bombardeos que causaron daños significativos en infraestructuras militares y estratégicas, con un número de víctimas que aún no ha sido precisado oficialmente por las autoridades iraníes. Entre los objetivos señalados por Trump y por fuentes militares se encontrarían instalaciones navales, cuarteles de la Guardia Revolucionaria y centros de mando, incluidos nueve buques de guerra y el propio cuartel general de la Marina iraní.

La ofensiva, bautizada como “Epic Fury”, se ha coordinado entre fuerzas estadounidenses e israelíes y se desarrolla mientras el presidente de Estados Unidos sigue la situación desde su residencia de Mar‑a‑Lago, en Florida, donde ha mantenido contactos telefónicos con los líderes de Israel, Bahréin y Emiratos Árabes Unidos. Ese despliegue político y militar busca proyectar la imagen de un frente común regional contra el régimen iraní, al tiempo que envía una señal a otros actores del Golfo que observan con cautela el avance de la operación.

En paralelo al uso de la fuerza, Trump ha afirmado que también está dispuesto a sentarse a negociar con el nuevo liderazgo iraní. En una entrevista con la revista The Atlantic, el presidente aseguró que “ellos quieren hablar, y he aceptado hacerlo”, aunque no ofreció detalles sobre cuándo ni bajo qué condiciones podrían arrancar esas conversaciones. El mensaje encaja con la estrategia que la Casa Blanca ha desarrollado en la actual crisis: combinar una presión militar intensa con la promesa de un eventual acuerdo que permita al régimen conservar cierto margen de maniobra si acepta las exigencias estadounidenses sobre seguridad y cambios políticos.

Para Teherán, la apertura a la mediación omaní es un intento de frenar la hemorragia sin aparecer públicamente de rodillas. Tras la muerte del líder supremo Alí Jameneí y la llegada de un nuevo equipo al poder, la prioridad es evitar que el conflicto derive en un colapso total de las estructuras estatales, algo que podría provocar una implosión interna aún más impredecible que los actuales bombardeos. De ahí que el mensaje transmitido por Araqchi subraye tanto la disposición a “cualquier esfuerzo serio” de desescalada como la necesidad de recuperar cierta estabilidad en la región.

La comunidad internacional ha reaccionado con preocupación ante la combinación de ataques masivos y anuncios de una ofensiva prolongada, por el riesgo de que la guerra se extienda a otros países o dispare aún más los precios de la energía. En Europa, gobiernos y organismos multilaterales han insistido en la necesidad de aprovechar cualquier ventana de diálogo que se abra, mientras los mercados ya reflejan el impacto del conflicto con un fuerte repunte del petróleo y del gas, y caídas relevantes en las bolsas.

El calendario que menciona Trump —“cuatro semanas o algo así”— es, en todo caso, una estimación política en un conflicto lleno de variables difíciles de controlar. La capacidad de respuesta de Irán, la cohesión del nuevo liderazgo, el papel de actores regionales como Rusia o Turquía y la presión de la opinión pública en Estados Unidos y en Oriente Medio pueden acortar o alargar esa ventana. Por ahora, la guerra se libra en dos frentes simultáneos: uno, el de los misiles y bombardeos; otro, el de los mensajes cruzados de “estamos dispuestos a negociar” y “la ofensiva seguirá hasta que logremos lo que queremos”.

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