Donald Trump volvió a poner a Venezuela como vitrina de su política exterior al asegurar que la transición en marcha tras la captura de Nicolás Maduro es el “escenario perfecto” que le gustaría replicar en Irán. En una nueva referencia al operativo que terminó con la detención del gobernante venezolano por fuerzas estadounidenses, el presidente afirmó que lo sucedido en Caracas demuestra, a su juicio, que se puede “sacar” al jefe del régimen y mantener casi intacta la estructura del Estado para alinearla con los intereses de Washington.
En una entrevista telefónica con The New York Times, reseñada por varios medios internacionales, Trump aseguró que “lo que hicimos en Venezuela, creo, es el escenario perfecto” y defendió ese modelo como la opción ideal para Irán, en plena ofensiva militar conjunta de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica. El mandatario sostuvo que, en el caso venezolano, “todo el mundo mantuvo su puesto, excepto dos personas”, en alusión a Maduro y su esposa, y presentó ese resultado como una transición “quirúrgica” que evita un colapso total del aparato estatal.
La lógica que Trump intenta exportar es clara: remover al líder máximo, preservar el resto de la burocracia y reconfigurar el poder para que pase de ser un rival a convertirse en un socio pragmático de Estados Unidos. En el diseño que describen fuentes citadas por la prensa, la meta sería transformar a Irán en un régimen cooperativo, manteniendo fuerzas armadas, instituciones civiles y buena parte del andamiaje administrativo, pero bajo una nueva conducción alineada con la Casa Blanca.
Sin embargo, incluso dentro del entorno presidencial admiten que la operación no es tan “copiable” como Trump sugiere. Asesores del mandatario, citados por medios europeos, le han advertido de las profundas diferencias culturales, históricas y religiosas entre Venezuela e Irán, y de las estructuras de poder mucho más arraigadas y fragmentadas que existen en la República Islámica. Replicar la misma fórmula, alertan, sería “difícil” y entrañaría riesgos de desestabilización prolongada que podrían arrastrar a toda la región.
Pese a esas advertencias, Trump insiste en mostrar confianza y asegura que ya tiene “tres muy buenas opciones” para liderar Irán en un eventual escenario postrégimen, aunque prefirió no revelar nombres. Según el relato publicado por portales internacionales, el presidente se limitó a decir que no los hará públicos “hasta terminar el trabajo”, en una mezcla de mensaje de fuerza hacia Teherán y guiño político a su base interna, que lo ve como el arquitecto de cambios de régimen “rápidos y efectivos”.
El mandatario también ha sugerido un segundo escenario, más cercano a las intervenciones clásicas, en el que un liderazgo proestadounidense tome las riendas tras la eliminación del actual jefe del Estado iraní, manteniendo el armazón institucional pero reorientando la política exterior y de seguridad. Y, en paralelo, ha alentado abiertamente la posibilidad de una tercera opción: una insurrección popular que derribe completamente al régimen y lo sustituya por un nuevo orden político surgido “desde abajo”.
Esta última idea, sin embargo, entra en tensión con el propio modelo venezolano que Trump presenta como ejemplo. En Caracas, el diseño que el presidente elogia consistió precisamente en evitar el colapso del Estado y negociar la continuidad de buena parte de la élite civil y militar, mientras se descabezaba a la cúpula del chavismo. En cambio, una revolución ciudadana total en Irán implicaría dinamitar las estructuras existentes, algo muy distinto a la transición “ordenada” que el mandatario vende como exportable.
En el fondo, la referencia constante a Venezuela funciona para Trump como una pieza de propaganda: presenta el país como caso de éxito para legitimar una estrategia que combina operaciones militares, arrestos selectivos y acuerdos con sectores del antiguo régimen. Al compararlo con Irán, el mensaje que envía es que, si la fórmula funcionó en América Latina, también podría servir en Oriente Medio, pese a que expertos y analistas cuestionan la viabilidad de un copiar‑pegar en un tablero geopolítico mucho más complejo y volátil.
El discurso también tiene consecuencias simbólicas para Venezuela. Reducir la transición a un “modelo perfecto” narrado desde Washington invisibiliza las tensiones internas, los costos sociales y las negociaciones opacas que se han producido tras la caída de Maduro, y proyecta al país como un experimento geopolítico al servicio de la narrativa de poder de Trump. En paralelo, el presidente estadounidense utiliza ese mismo relato para presionar a Irán: si la élite quiere evitar un derrumbe total, el mensaje implícito es que tendrá que escoger entre el “escenario Venezuela” o un desenlace mucho más traumático.

