El legado antivacunas de Kennedy que Estados Unidos pagará por años

El legado antivacunas de Kennedy que Estados Unidos pagará por años

Pensilvania vive un capítulo inédito en su historia sanitaria. Cuatro personas murieron a causa de un brote de sarampión que ya suma casi 800 contagios en lo que va de 2026, la primera vez en 35 años que el estado registra fallecimientos por esta enfermedad. Según un editorial publicado este miércoles por el New York Times, el 99% de los infectados —incluidas las cuatro víctimas fatales— no estaban vacunados, y el caso se ha convertido en el epicentro de un brote nacional que expone las consecuencias del movimiento antivacunas impulsado desde el propio gobierno federal.

Un brote de sarampión que el CDC se niega a reconocer

Lo que hace único a este episodio no es solo su magnitud, sino la disputa política que lo rodea. Desde el inicio de 2026, Estados Unidos acumula más de 3,400 casos de sarampión y más de 300 hospitalizaciones, cifras que ya superan a las de 2025. Sin embargo, hasta el martes por la tarde el conteo oficial de muertes por sarampión a nivel nacional seguía marcando cero, porque los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) se han negado a incluir en sus estadísticas los cuatro fallecimientos confirmados en Pensilvania.

La secretaria de salud del estado, Debra L. Bogen, contactó el 16 de septiembre a la directora del CDC, la Dra. Erica Schwartz, para expresar su malestar. «La decisión del CDC de no reconocer públicamente las muertes socava nuestra respuesta», advirtió Bogen, en una frase que resume la tensión entre un estado que documenta muertes reales y un gobierno federal que se resiste a admitirlas.

La reacción de Kennedy frente al brote de sarampión

El Secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., respondió en agosto a una rueda de prensa del gobernador Josh Shapiro —tras confirmarse las dos primeras muertes— con un mensaje en X que el propio NYT calificó de «peculiar y conspirativo». Kennedy acusó al gobernador de emplear tácticas similares a las de los demócratas durante la pandemia de COVID-19, de generar alarmismo y de explotar el miedo a las enfermedades con fines políticos. El editorial del periódico neoyorquino fue tajante al respecto: «Es desconcertante qué ganancia política podría venir de anunciar dos muertes trágicas y potencialmente prevenibles». Desde ese anuncio, otras dos personas murieron en Pensilvania a causa del mismo brote.

Este patrón no es nuevo. Ya en 2025, Texas había enfrentado una resistencia similar del gobierno federal para reconocer muertes por sarampión, aunque en ese caso el CDC terminó incluyendo los datos. Los exfuncionarios del CDC Houry y Dem Daskalakis, quienes renunciaron el año pasado en protesta por la interferencia política, escribieron en Stat News que no está claro qué diferencia justifica el trato distinto entre estados según su alineación política.

La nueva estrategia detrás del legado antivacunas de Kennedy

Según reconstruye el NYT, la administración Trump ha entendido que no puede impedir por completo el acceso de los estadounidenses a las vacunas infantiles, ya que estas siguen contando con amplia aceptación pública. Por eso, la táctica ha cambiado: en lugar de prohibir directamente, el objetivo es erosionar la confianza en la vacunación a través de críticas partidistas a funcionarios estatales, mensajes contradictorios sobre la seguridad de las vacunas y el cuestionamiento sistemático a expertos en salud pública. La meta final, advierte el editorial, es sembrar suficiente duda como para que los padres reconsideren vacunar a sus hijos, dejando un legado que trascienda el actual gobierno.

Por qué el sarampión volvió a matar en Estados Unidos

El sarampión fue declarado eliminado en Estados Unidos en el año 2000, pero su regreso no es casualidad. Se trata de una de las enfermedades más contagiosas que existen: una persona infectada puede contagiar entre 12 y 18 personas no inmunizadas, y el virus permanece en el aire hasta dos horas después de que alguien enfermo haya pasado por un espacio cerrado. El 90% de las personas no vacunadas que se exponen terminan infectadas. Entre las complicaciones más graves figuran la neumonía —la causa más común de muerte—, la encefalitis, la sordera derivada de infecciones de oído y, en 1 a 3 de cada 1,000 casos, la muerte, incluso con tratamiento médico adecuado.

Frente a este panorama, la vacuna MMR sigue siendo la herramienta más efectiva: tiene un 97% de eficacia con dos dosis y se usa de forma segura desde 1963, sin evidencia científica que la vincule con el autismo, mito que se originó en un estudio fraudulento de 1998 ya retractado. Antes de la era Trump-Kennedy, más del 95% de los niños en Estados Unidos recibía al menos una dosis, el umbral necesario para sostener la inmunidad de grupo.

Voces expertas contra la negación del brote de sarampión

La comunidad médica no ha guardado silencio. El Dr. Paul Offit, especialista en vacunas del Children’s Hospital of Philadelphia, fue contundente: «Negar muertes prevenibles por vacunación es irresponsable y peligroso. Pone vidas en riesgo al erosionar la confianza en vacunas que salvan vidas». En la misma línea, la Dra. Leana Wen advirtió que cuando los funcionarios priorizan la política sobre la ciencia, la gente muere, mientras que el Dr. Peter Hotez, de Baylor College of Medicine, calificó lo ocurrido como «un fracaso histórico de salud pública»: una enfermedad eliminada hace 25 años vuelve a matar niños en Estados Unidos.

Un legado que sobrevivirá a esta administración

El propio título del editorial del New York Times resume la advertencia central: el legado antivacunas de Kennedy sobrevivirá a esta administración. La confianza institucional, una vez erosionada, tarda décadas en reconstruirse, y los niños no vacunados hoy serán adultos no vacunados mañana, creando reservorios permanentes de vulnerabilidad frente a enfermedades que ya deberían estar controladas. A eso se suma una infraestructura de salud pública debilitada por recortes de financiamiento y fuga de talento, cuya reconstrucción exigirá años de inversión sostenida.

El caso de Pensilvania, con sus cuatro muertes evitables, marca un punto de inflexión en la salud pública estadounidense. La pregunta que deja abierta el New York Times es si el país logrará restaurar la confianza en la ciencia antes de que ocurran más brotes y más muertes que pudieron prevenirse.


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