Desde hace más de 16 años, los venezolanos han aprendido a vivir entre apagones, racionamientos y fluctuaciones que dejan comunidades enteras horas, días y hasta semanas sin servicio eléctrico. Lo que no cambia es el libreto oficial para explicar el desastre: las causas van desde la famosa iguana que se comió un cable de alta tensión en 2011 hasta, más recientemente, la teoría de los “rayos solares perpendiculares” que, según el gobierno de Delcy Rodríguez, serían los responsables de la actual ola de cortes y bajones. En el medio han aparecido excusas como la sequía, el sabotaje, la guerra eléctrica, el imperio, los incendios de vegetación, los ataques cibernéticos y hasta supuestos francotiradores sobre las torres, mientras se evita hablar de lo que técnicos y expertos repiten desde hace años: falta de mantenimiento, corrupción y desinversión crónica en el Sistema Eléctrico Nacional.​

El resumen es tan absurdo como trágico: para quienes han administrado el país, casi todo ha tenido la culpa de los apagones, menos el propio gobierno. La anécdota de la iguana se volvió símbolo del discurso oficial desde que el entonces ministro Alí Rodríguez Araque la esgrimió en 2011, y desde entonces el cuento solo se ha sofisticado. Hoy, con Maduro preso y un país todavía a oscuras, la nueva narrativa recurre a un fenómeno astronómico real —el paso perpendicular del sol por el territorio nacional entre marzo y mayo— para disfrazar una crisis que no cayó del cielo, sino que se construyó en dos décadas de saqueo, improvisación y abandono.​

Porque sí, como recuerdan meteorólogos citados por medios y analistas, el sol incide de forma perpendicular sobre Venezuela cada año en estas fechas, sube la temperatura y el calor se siente más fuerte. Eso ocurre “desde que Venezuela existe en el trópico”, no es un fenómeno nuevo ni una emergencia impredecible que agarre por sorpresa a las autoridades. Lo que sí es nuevo es que un sistema eléctrico sin mantenimiento, con capacidad instalada perdida, con obras inconclusas y con fuga masiva de ingenieros no aguante el aumento de demanda que trae cualquier ola de calor. De hecho, como han resaltado programas de análisis y reportes de prensa, antes de que el sol alcanzara su punto de mayor incidencia ya se habían registrado apagones prolongados en Zulia, Táchira, Mérida, Trujillo y Apure, lo que desmonta por completo la idea de que el astro rey sea el “nuevo culpable”.​

En estas semanas, el gobierno lanzó un plan de ahorro energético de 45 días, con recomendaciones como poner el aire acondicionado a 21 grados y reducir el consumo en horas pico. La medida llega sin un diagnóstico público serio ni un cronograma claro de inversiones, pero sí con una narrativa dirigida a que la gente asuma los cortes como un sacrificio inevitable ante la “emergencia climática”. Analistas señalan que estamos ante una “verdad a medias”: el fenómeno astronómico existe, pero se usa como cortina de humo para ocultar la responsabilidad política de un mismo aparato de poder que durante dos décadas prometió “revolución energética” y terminó entregando apagones, racionamiento y equipos obsoletos.​

Mientras tanto, las consecuencias de la crisis eléctrica siguen acumulándose en silencio. El Pitazo recuerda que el colapso del servicio ha trastocado la vida diaria en todo el país: pérdida de alimentos por falta de refrigeración, comercios que cierran temprano, escuelas que suspenden clases, hospitales que dependen de plantas con combustible escaso y gente que ve dañado su equipamiento doméstico y productivo por las fluctuaciones constantes. A esto se suma el impacto económico: la crisis eléctrica se ha convertido en un obstáculo clave para la recuperación productiva, la atracción de inversión y el funcionamiento de cualquier emprendimiento, desde una panadería hasta una mina o una planta industrial.​

Frente a esta realidad, el inventario de excusas oficiales se vuelve casi una línea de tiempo de la degradación institucional: iguana come-cable, incendios forestales, saboteadores opositores, guerra eléctrica, sanciones, ataques cibernéticos, sequía, “rayos perpendiculares” y un largo etcétera. Como señalan crónicas y editoriales recientes, el problema de repetir estas explicaciones es doble: por un lado, el gobierno pierde credibilidad incluso cuando pudiera haber eventos externos reales; por el otro, se instala la idea de que nadie responde por nada, porque siempre hay un tercero al que culpar, ya sea un animal, el clima o un enemigo invisible.​

En contraste, técnicos y especialistas han insistido en los mismos puntos desde hace años: se requiere mantenimiento profundo, renovación de equipos, diversificación de la matriz, fortalecimiento institucional de Corpoelec, combate real a la corrupción y planificación a largo plazo. Nada de eso cabe en un eslogan, ni sirve para hacer memes como la iguana o los rayos solares; pero es la única ruta para que Venezuela deje de depender de excusas y pueda, algún día, volver a encender la luz sin miedo a que se vaya a los pocos minutos.​

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