Tras la captura y traslado a Estados Unidos de Nicolás Maduro, el chavismo no se derrumbó, pero tampoco salió ileso: entró en una fase de supervivencia, marcada por purgas internas y una creciente tutela externa que reconfiguran el poder alrededor de Delcy Rodríguez. Durante meses, el oficialismo se preparó para un escenario de invasión y “resistencia heroica”, pero jamás contempló que se llevaran a Maduro vivo; el resultado fue un shock interno que obligó a redefinir lealtades y relatos.
En la nueva arquitectura, la cúpula se organiza en tres corrientes principales.
- Un grupo pragmático, encabezado por los hermanos Rodríguez y respaldado por Diosdado Cabello, que mantiene discurso duro pero está dispuesto a negociar y ajustar bajo presión internacional.
- Un bloque militar, más corporativo que ideológico, que busca proteger persona, familia y patrimonio, aceptando el nuevo mando mientras garantice impunidad y continuidad de privilegios.
- Y un núcleo ideológico duro, que ve los cambios como amenaza a la “revolución”, pero se mantiene alineado porque fuera de ese paraguas queda más expuesto.
Sobre ese equilibrio, Delcy Rodríguez se convierte en pieza central: es quien ofrece contención interna y, al mismo tiempo, alguna expectativa de negociación futura con Washington y otros actores externos. El antiimperialismo, columna vertebral del proyecto bolivariano durante décadas, es hoy —según fuentes del propio oficialismo— lo más difícil de tragar: se mantiene en el discurso, pero choca con una práctica diaria de coordinación directa con la Casa Blanca, especialmente en materia petrolera y de seguridad.
Las purgas se han traducido en cambios concretos: al menos 17 ministros removidos, mandos militares sustituidos, empresarios detenidos y familiares de Maduro —como Nicolás Maduro Guerra y Yosser Gavidia Flores— apartados de negocios clave vinculados al Estado, particularmente en el sector petrolero. Figuras antes intocables dentro del chavismo económico han perdido contratos o enfrentan procesos, en operaciones que, según fuentes citadas por The New York Times y otros medios, se han ejecutado muchas veces “a instancias” o con beneplácito de Estados Unidos.
En paralelo, el chavismo de base vive otra realidad. Voceros del oficialismo insisten en que, “mientras más bajas al territorio, menos dudas hay”, y que el pueblo “tiene esto en su genio”. Pero analistas consultados ofrecen una lectura más cruda: el chavismo se ha convertido, en gran medida, en un fenómeno de élites, y eso de que “los más pobres son patria o muerte” “es mentira”. La fidelidad militante se sostiene más por dependencias económicas, miedo y ausencia de alternativas claras, que por fe ideológica intacta.
Todo ocurre bajo una tutela externa creciente. Voceros de la Casa Blanca reconocen una relación directa con la administración Rodríguez, resaltando beneficios económicos asociados al flujo petrolero y a una cooperación puntual en seguridad. A su vez, Washington ha logrado —según estos reportes— una victoria política doble: ajusta cuentas con la vieja élite madurista y consolida a una nueva interlocutora en Caracas, más manejable y consciente de su dependencia.
En resumen, el chavismo intenta reconstruir su fe sobre las ruinas de Maduro combinando depuración interna, realismo geopolítico y mantenimiento de un relato épico hacia adentro. Pero, como advierte uno de los analistas citados, el proyecto ya no es el de una revolución popular en ascenso, sino el de una élite que administra daños, reparte costos y busca sobrevivir en un país cada vez más provisional.

