Un grito desesperado emerge desde el interior del Centro de Detención de Inmigración de Trinidad y Tobago, donde aproximadamente 130 personas de distintas nacionalidades —venezolanos, cubanos, colombianos, dominicanos, chinos, guyaneses y de Barbados— llevan entre 8 y 10 meses, o incluso más tiempo, esperando que sus procesos migratorios avancen mientras las autoridades retrasan los trámites sin razón aparente y les impiden salir. La situación, según denuncian los propios detenidos, se ha vuelto cada vez más inhumana, con condiciones de vida que no son dignas de ningún ser humano.
Las habitaciones donde permanecen hacinados más de 21 mujeres por cuarto presentan pésima ventilación. Los únicos dos ventiladores disponibles no traen aire fresco, sino que extraen el aire de una cloaca ubicada detrás de las instalaciones, generando un olor insoportable que impide respirar con normalidad. Para alumbrar los espacios, solo cuentan con dos bombillas que apenas iluminan, por lo que viven prácticamente en la oscuridad todo el tiempo. A esto se suma que el agua que les proporcionan es de apenas una botella de 250 mililitros al día por persona, una cantidad insuficiente que ha provocado dolores de riñón entre los detenidos. Cuando solicitan más agua, les responden que tomen del chorro, el cual no es potable y representa un riesgo para la salud.
La comida que les sirven no es suficiente para mantenerlos saludables, y el servicio médico es descrito como una burla. El doctor que atiende el centro solo receta paracetamol o ibuprofeno para cualquier malestar, sin importar la gravedad de la condición. Lo peor es que las mujeres embarazadas son revisadas por este mismo personal, como si fuera un especialista, cuando en realidad no cuenta con la formación adecuada para atender emergencias obstétricas. Aunque los familiares se esfuerzan por enviar encomiendas para ayudar a los detenidos, las autoridades no les entregan todo lo que traen. Se quedan con parte de lo que mandan, y los detenidos no pueden reclamar ni exigir sus derechos básicos.
Los hombres, por su parte, sufren tratos aún más crueles. Son torturados con descargas eléctricas aplicadas mediante bolsas en el rostro y son humillados constantemente por los guardias. Existe una habitación llamada «Semblock» donde mantienen a hombres que no están en su sano juicio, quienes solo reciben una llamada telefónica al mes. El resto de los detenidos solo puede comunicarse con sus seres queridos dos veces por semana, los lunes y viernes, por apenas 30 minutos. Cuando los descubren hablando de lo que ocurre dentro del centro, les quitan esas llamadas como castigo, aislándolos aún más del mundo exterior.
Los padres y madres son separados de sus hijos al momento de la detención, y los niños son enviados a prisiones de menores como si fueran delincuentes comunes, sin importar que estén en situación migratoria irregular. Las camas están rotas, los baños de cuatro pocetas tienen solo una funcionando, y las duchas apenas cuentan con dos operativas, por lo que el hedor es insoportable. Encima de todo, obligan a los detenidos a comprar los tiquetes para los deportados, pero después las embajadas y Migración pierden o retrasan los documentos para tenerlos más tiempo retenidos.
La desesperación se vive en cada rincón del centro. Los detenidos describen cómo los días se vuelven eternos, el tiempo no pasa igual y solo piensan en los que dejaron afuera: los hijos que crecen sin ellos, los padres que envejecen y no pueden cuidar, las parejas que cargan solas con todo el peso, los hermanos que preguntan cuándo volverán. También hablan por aquellos que no tienen hijos y aún así su vida sigue paralizada, con sueños congelados, metas en pausa y proyectos que se desvanecen entre las rejas. Todos tienen una historia, todos tienen personas que los esperan, todos tienen una razón para querer salir.
La angustia crece porque no saben si mañana estarán más cerca de la libertad o si seguirán allí un mes, dos meses, un año más, mientras su vida se les escapa de las manos. Los hombres del otro lado también sufren, también tienen sueños, también tienen familias y están pasando por cosas que no deberían pasarle a nadie. El grupo de detenidos se levanta por todos, por los que están allí y por los que vienen atrás, por los que ya perdieron la esperanza y por los que aún luchan. Esto no es solo por uno, es por todos, por cada latino que ha tenido que dejar su tierra buscando un plato de comida, por cada persona que ha tenido que separarse de los suyos para darles un futuro, por cada ser humano que sueña con una vida digna y se encuentra con este infierno.
Por eso solo piden que el mundo sepa la verdad y que el ACNUR intervenga ya, porque no es posible que jueguen con el tiempo y con el dinero de las personas que tienen familias esperándolas afuera. Solo piden libertad y que apresuren los procesos, que esto llegue a quien tenga que llegar para que paren este calvario. Piden que si alguien comparte esto, lo haga porque necesitan que su voz salga de esas paredes y que no los dejen morir allí en el olvido, porque esto es una tortura y no se lo desean a nadie.
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