La presidenta encargada Delcy Rodríguez aprovechó sus primeros 100 días en el poder para dejar claro cuál es su eje de supervivencia política: una alianza de largo aliento con Estados Unidos basada en petróleo, sanciones flexibles e inversiones, mientras intenta mantener cohesionado al PSUV y posponer al máximo unas elecciones competitivas. En un video difundido por Telegram, Rodríguez habló de construir una “agenda conjunta para el desarrollo compartido” y de una relación a largo plazo con Washington, en un lenguaje muy distinto al de la confrontación abierta de la era Maduro.

En el plano energético, Delcy vende su proyecto como una “agenda energética a largo plazo” con Estados Unidos, justo después de la reforma de la Ley de Hidrocarburos que abrió de par en par el sector a la inversión privada y extranjera. Según el análisis citado por EFE, su apuesta es consolidar la continuidad del chavismo mientras aprovecha la demanda de crudo venezolano para garantizar ingresos frescos, licencias y oxígeno financiero bajo la tutela de la administración Trump.

Rodríguez confirmó que su gobierno ha sostenido reuniones con representantes de ConocoPhillipsExxonMobil y otros grupos, a la par de encuentros con una delegación del Departamento de Energía de EEUU encabezada por Kyle Haustveit, subsecretario de la Oficina de Hidrocarburos y Energía Geotérmica. La idea es atraer capitales estadounidenses hacia proyectos petroleros y de gas, ahora facilitados por el levantamiento parcial de sanciones financieras sobre el BCV y la banca pública, y por licencias que permiten “transacciones comerciales” con el gobierno venezolano previa autorización de OFAC.

Detrás de este discurso de “cooperación”, el informe de Recorded Future citado en la nota advierte que el verdadero objetivo de Delcy es preservar el dominio del PSUV y resistir una transferencia de poder liderada por la oposición, maximizando al mismo tiempo los beneficios económicos del acercamiento a Washington. En lugar de depurar al chavismo, la presidenta interina estaría reconfigurando la coalición interna, manteniendo a figuras cercanas a Diosdado Cabello en posiciones clave e incluso ascendiendo a algunos de sus aliados, para evitar fracturas que puedan hacer tambalear su mando.

En el frente externo, el mismo análisis sostiene que Rodríguez ha respondido a la presión de Estados Unidos con una estrategia de “cooperación con gestos para salvar apariencias”. Cumple las prioridades energéticas de Washington —venta de crudo a precio de mercado, apertura a empresas estadounidenses, licencias para oro y minerales estratégicos— mientras mantiene una narrativa interna de soberanía y “defensa de la Revolución”, tratando de quedar bien tanto con la Casa Blanca como con las bases del PSUV.

Del lado estadounidense, la ecuación también está clara. Fuentes citadas por Bloomberg Línea y otros medios explican que Trump y su equipo consideran más fácil imponer condiciones a un gobierno no electo como el de Rodríguez —incluyendo la Ley de Hidrocarburos y una futura Ley de Minería— que negociar luego con un gobierno surgido de unas elecciones libres que pueda decir “no” a parte de la agenda energética de Washington. De hecho, el propio Trump llegó a jactarse públicamente de que Estados Unidos es ahora “socio de Venezuela” y de que ha recibido “cientos de millones de barriles de petróleo” bajo este nuevo esquema.

En cuanto al calendario político, Recorded Future proyecta que Rodríguez se resistirá a convocar elecciones realmente competitivas mientras los beneficios económicos de la relación con EEUU no se traduzcan en una mejora sustancial de las probabilidades electorales del PSUV. El escenario más probable, según ese análisis, es que intente prolongar su gestión hasta el final del período que le correspondía a Maduro en 2031, amparándose en decisiones del TSJ y en la narrativa de “estabilidad necesaria” para no poner en riesgo las nuevas inversiones.

En síntesis, el “plan Delcy–EEUU” combina tres piezas: petróleo e inversiones a cambio de obediencia estratégicareconfiguración del chavismo para evitar rupturas internas y postergación calculada de las urnas hasta que el tablero económico y de poder le resulte más favorable. El resultado, por ahora, es un chavismo sin Maduro que busca atornillarse en el poder con el beneplácito de Washington, mientras el país sigue esperando que la supuesta transición se traduzca algún día en elecciones libres de verdad.

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